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Archivar/revelar el cuerpo homosexual en México : las autobiografías de Salvador Novo y de Elías Nandino dentro y fuera de contexto

par RODRIGUEZ Antoine

articulo publicado, en version corregida, en : Parrini Roses, Rodrigo (coord.), 2012, Los archivos del cuerpo, Cômo estudiar el cuerpo ?, México, UNAM/PUEG, pp. 147-170.

Para Antonio Marquet, mi maestro de jotería

El cuerpo es un texto socialmente construido, un archivo orgánico de la historia de la humanidad como historia de la producción-reproducción sexual, en la que ciertos códigos se naturalizan, otros quedan elípticos y otros son sistemáticamente eliminados o tachados. Beatriz Preciado, Manifiesto contra-sexual, 2002

Las autobiografías de Salvador Novo (1904-1974) (La estatua de sal, 1998) y de Elías Nandino (1900-1993) (Juntando mis pasos, 2000 ), muy diferentes en cuanto a su inscripción en el campo literario mexicano, a su elaboración retórica y a las funciones que cumplen, si se abordan desde una perspectiva comparatista, revelan dos maneras opuestas de concebirse, en las primeras décadas del siglo XX, como homosexual, o sea como ciudadano cuya sexualidad se inscribe forzosamente fuera o en margen de las asignaciones sociales dominantes y de los códigos de una sociedad heteronormada articulada por reglas genéricas y sexológicas estrictas que condenan cualquier trasgresión. Salvador Novo, cuya autobiografía tiene los rasgos de un proyecto literario y se escribe en los años 1940, presenta textualmente la figura del invertido, sinónimo de la loca o del joto, que se asume como pasivo, centrando el placer sexual en la zona erógena del ano. La figura del homosexual presentada por Elías Nandino, en una autobiografía testimonial, que dicta a un joven poeta casi al final de su vida, se contrapone a la imagen del joto, multiplicando los encuentros con efebos masculinos y subrayando su visceral rechazo de cualquier relación con afeminados. Placer anal contra placer fálico, hombre afeminado contra hombre viril, la loca visible contra el homosexual invisible son los dos polos opuestos y definitorios del sujeto enunciador homosexual que revelan las dos autobiografías. Y ambas son importantes en la producción literaria mexicana porque archivan dos concepciones del cuerpo homosexual inscritos en la historia cultural posrevolucionaria del siglo XX. En la medida en que las autobiografías de los dos escritores mexicanos cumplen la función de contribuir a la historia de la homosexualidad y comparten puntos comunes con los primeros relatos de invertidos europeos, la primera parte de este artículo (“Archivar”) presenta un breve recorrido histórico de dichos actos autobiográficos en Europa y examina tres relatos de homosexuales, poniéndolos en perspectiva con las autobiografías mexicanas. La segunda parte (“Revelar”) se centra en las aportaciones testimoniales de Salvador Novo y de Elías Nandino mostrando en qué difieren y cómo se complementan.

I. Archivar : el acto autobiográfico, su inscripción en la historia occidental de la homosexualidad y en el campo literario mexicano

Las autobiografías de Salvador Novo y de Elías Nandino parecen inscribirse en una tradición de “relatos de invertidos” que se inició en Europa a mediados del siglo XIX. Aunque no responden a prescripciones jurídicas o psiquiátricas, como fue el caso para los primeros relatos europeos, sí comparten algunos puntos comunes en cuanto a la manera de presentar el cuerpo homosexual y ofrecer una explicación etiológica de la homosexualidad. También comparten con dichos textos, una voluntad de reaccionar o de resistir contra una estigmatización social excesiva. Recordemos que a partir de los años 1860, en Europa , la medicina forense empieza a abordar lo que llama “pederastia” desde un punto de vista interno, o sea dando la palabra a los homosexuales bajo la forma de relatos autobiográficos cuya elaboración estaba guiada por una serie de preguntas precisas (Lejeune, 1987) . Según el Doctor Chevalier, en 1883 ya se habían publicado unos 60 relatos de invertidos (50 de hombres y 10 de mujeres) (Lejeune, 1987 : 83). Si nos centramos en tres de ellos, disponibles en publicaciones recientes (Arthur X, Mémoires d’un travesti, prostitué, homosexuel (“La Comtesse”, 1850-1861) ; confessions d’un inverti-né, escrito en 1889 y Georges Apitzsch, Lettres d’un inverti allemand au Docteur Lacassagne 1903-1908 ), notamos que, aunque presentan puntos de convergencia, desmienten la idea de una figura homogénea del homosexual masculino, permitiendo observar por lo menos dos tipos diferentes cuyas características volveremos a encontrar en las autobiografías de Novo y de Nandino. El relato de Arthur, llamado “la Condesa”, escrito con las modalidades de la novela folletinesca, es un texto que un recluso de 34 años envía al Dr Henri Legludic. Presenta un personaje cercano a la imagen de la loca. Explica el deseo homoerótico recurriendo a las circunstancias familiares : una madre costurera muy protectora que lo deja leer novelas sentimentales, le permite vestirse de niña y lo educa en un ambiente rodeado por actrices de teatro para las que cose. Todo esto induce, según el autor, una predisposición a la inversión, “que más tarde sería una de las causas de mi perdición” (Grojnowski, 2007 : 167). Arthur está convencido de que si hubiera tenido un padre más brusco y menos mimos de parte de la madre, su condición hubiera sido diferente : “entre estas naturalezas afeminadas, he observado que muchas fueron educadas por madres demasiado tiernas, viudas sobre todo. Estas madres impiden que el niño cumpla más tarde con los primeros impulsos [heterosexuales] de la naturaleza” (Grojnowski, 2007 : 186). La iniciación sensual del joven Arthur se hace a través de los besos que le dan los amigos mayores, de las sesiones masturbatorias con los vecinos y de las relaciones anales a las que lo somete un muchacho mayor. A los 16 años, el hijo del Marqués para quien trabajaba su padre, se enamora de él, se lo lleva a vivir a un departamento y le propone travestirse en mujer : “No me asustaba la cosa ; mi naturaleza apasionada, culpable y ya mancillada no me hizo rechazar sus propuestas que podían convertirse en una muerte moral, si las satisfacciones a las que me podía llevar no provocaban mi muerte prematura”, confiesa (Grojnowski, 2007 : 197). Con Arthur, estamos frente a la figura del homosexual masculino afeminado, pasivo, fuertemente identificado con la imagen de la mujer. Uno de los rasgos particularmente interesantes en el relato de Arthur es su manera de reaccionar lateralmente, es decir sin una voluntad militante abierta, contra la estigmatización social y médica de la que es víctima, mostrando que el ser abyecto que representa socialmente, fruto de un error de la naturaleza, no es peor que el resto de los individuos socialmente decentes :

No quiero buscar excusas a mi vida de corrupción y de desorden, tampoco hacer una generalidad a partir de un error de la naturaleza, pero quiero decir que no soy ni peor, ni más perverso que muchos que creen que pueden despreciarme e insultarme. Mis vicios han sido prematuros, sin lugar a duda, pero no han sido ni más potentes, ni más numerosos que los de muchos hombres. […] En otras circunstancias, mi vida hubiera sido mejor o menos culpable.” (Grojnowski, 2007 : 190)

En los años 1890, un joven aristócrata italiano de 23 años, manda al escritor francés naturalista Emile Zola un relato autobiográfico, “una confesión” como la llama el autor, para que el novelista se inspire en ella y escriba una novela sobre “una terrible enfermedad del alma”. La intención soslayada del joven aristócrata es la de mostrar una verdadera y dramática historia de amor entre dos hombres y demostrar que, contra la fuerte carga de estigmatización social y médica, el amor entre dos hombres puede ser tan natural y tan fuerte como el amor heterosexual, incluso superior : “lo que hacíamos nos pareció siempre muy natural y hablábamos y reíamos antes y después como si cualquier cosa” (Grojnowski, 2007 : 136). El sargento de quien se enamora le dice : “Nunca he sentido tanta voluptuosidad con una mujer, sus besos y sus caricias no son ni tan calientes ni tan enamorados” (Grojnowski, 2007 : 86). En las relaciones sexuales, descritas detalladamente, el joven aristócrata excluye la penetración por dolorosa y subraya el intercambio tierno de besos y caricias. Emile Zola no se atreve ni a publicar el texto ni a inspirarse en él para la elaboración de una novela sobre la inversión. Envía la confesión al Doctor Laups que la publica en su tratado sobre “taras y venenos, perversión y perversidad sexual”. La confesión, como tal era el uso en este tipo de publicación, va precedida de unas observaciones del Doctor sobre inversión :

El autor de esta novela es un invertido nato feminiforma, tipo clásico del malformado, del enfermo. Este ser es una mujer, lo es física y moralmente (aspecto femenino, pelvis ancha, imberbe). Su entorno lo trataba como niña y lo llamaba “mademoiselle”. Los órganos genitales son los de un hombre pero los atributos secundarios son los de una mujer. Es un hermafrodita fallido. (Grojnowski, 2007 : 56)

La insistencia obsesiva del doctor en el hecho de que el aristócrata es mujer revela la concepción de la homosexualidad como relación heterosexual en la cual uno de los hombres forzosamente es mujer sin serlo biológicamente y esto representa un peligro social porque puede conducir a los hombres verdaderos por el camino del vicio. Cuando el aristócrata se entera de que su confesión, cuyo objetivo no era ser publicada, se halla en un tratado sobre taras, escribe una carta al Doctor Laups para reaccionar contra una serie de contrasentidos :

Hubiera preferido estar en las páginas de una novela y no en un tratado de ciencia médica […] Quiero decirle que se equivoca cuando insinúa que me gusta vestirme de mujer. Se equivoca porque me horrorizan los hombres disfrazados de mujer. Me gusta la elegancia más seria, correcta y masculina. […] Nadie, al verme, podría adivinar mis sentimientos y mi rostro, por encantador que sea, es el de un muchacho hermoso. […] No tengo el aspecto de mujer que a usted le gusta imaginar. Me parezco a un efebo no a una malformación. (Grojnowski, 2007 : 136-142).

La reacción del aristócrata, a raíz de la publicación de su relato, es interesante porque muestra las primeras reacciones homosexuales contra un discurso médico impregnado de estereotipos, prejuicios sociales y angustias frente a la homosexualidad, un discurso basado en la idea según la cual el homosexual forma parte de un tercer sexo regido por una inversión genérica (alma de mujer en cuerpo de hombre ). Pero si nos fijamos en las descripciones del aristócrata, nos damos cuenta de que hay una especie de ambivalencia entre una fuerte identificación con el referente femenino y una percepción masculina de sí mismo :

- Descripción de sus primeras emociones fuertes a la vista de héroes masculinos de la mitología griega :

“Hubiera querido ser Andrómana para estrechar en mis brazos a Héctor. […] Me gustaba transformarme en mujer, con la imaginación y la belleza que me adornaban, y las aventuras que vivía en mi mente me hacían estremecer de placer” (Grojnowski, 2007 : 69)

- Sobre identificación con el referente femenino :

“Siempre me había imaginado ser mujer, y todos mis deseos fueron desde entonces los de una mujer” (Grojnowski, 2007 : 70) ; “Lo que me duele, es no poder recibir su semen en mi cuerpo, porque su semen me parece contener, por así decirlo, lo esencial de su persona. Me aflige esa carencia, en tales momentos deseo con intensidad ser mujer” (Grojnowski, 2007 : 109)

- Sobre percepción como hombre : “Ya no deseé ser mujer, porque sentía esta pasión terrible más sabrosa y agradable que la que puede ofrecer el amor conocido, que además no me atraía” (Grojnowski, 2007 : 87).

Como en el relato de Arthur, el joven aristócrata también piensa que, por ser su homosexualidad un error de la naturaleza, no ha de ser condenado por ello :

Y ¿por qué debería avergonzarme de lo que he hecho ? ¿No es acaso la Naturaleza la que cometió el primer error y me condenó a una esterilidad eterna ? Pudiera haber sido una mujer adorable y adorada, una madre y una esposa irreprochable, y no soy más que un ser incompleto, monstruoso, que sólo desea lo que no está permitido. (Grojnowski, 2007 : 102)

Lo que subraya el joven aristócrata es la inadecuación genérica frente a su deseo sexual. En ningún momento plantea la posibilidad de haber sido no una mujer atraída por hombres, sino un hombre atraído por mujeres. No cuestiona, porque posiblemente esté pensado como “natural”, su atracción hacia los hombres. El error de la naturaleza es el haber dado cuerpo equivocado a un ser cuya sexualidad innata está orientada hacia el cuerpo masculino y lo que lamenta en fin de cuentas el autor del relato es el no haber sido dotado con los atributos que socialmente tendrían que haber estado en adecuación con su orientación sexual “innata”. A finales del siglo XIX, la homosexualidad no puede pensarse fuera de un discurso científico naturalizante y patologizante cuya norma sexual incuestionable es la heterosexualidad. Las cartas que el aristócrata alemán Georges Apitzsch manda al doctor Lacassagne, a principios del siglo XX, entre las que se halla una “biografía sexual”, muestran a un homosexual letrado que se define como invertido/pederasta en constante lucha con sus deseos eróticos. Visita, y lee, a los mejores especialistas europeos en sexualidad, particularmente los que investigan sobre inversión o pederastia : Magnus Hirschfeld (Berlín), Friedrich Salomón Krauss (Viena), Paolo Mantegazza (Italia) y Alexandre Lacassagne (Lyon). La sexualidad, dice, invade toda su vida y todos sus pensamientos. Georges es la figura del hombre viril que “odia”, como lo afirma él mismo, a los travestis y a los afeminados. Su propósito es llegar a alcanzar un nivel superior, lejos de las descripciones de la vida homosexual tal y como aparece en la mayoría de las novelas de la época :

¿Por qué no se describe la vida de un invertido serio, de un varón que tiene dignidad y que no quiere asociarse con esos excesos infames y bestiales donde los hombres se vuelven monstruos y locos ? […] Hasta ahora, con escasas excepciones, sólo hay fantasías mórbidas porque se ha generalizado una parte de la vida unisexual. (Apitzsch, 2006 : carta 17, 23/07/1904)

Su despertar erótico se da a los 6/7 años. Siente particular atracción por los soldados y las botas. Las primeras masturbaciones empiezan a los 14 años y se acompañan de un sentimiento de culpabilidad fomentado por la lectura de un ensayo del Dr. Mantegazza sobre onanismo. Siguiendo la teoría del Dr Lacassagne, piensa que su homosexualidad es congénita y que, por consiguiente, no es curable. También está convencido de que los homosexuales, en tanto seres degenerados no han de tener hijos. Cuenta la anécdota de un hombre casado con quien tenía relaciones sexuales y a quien le tuvo que decir que dejara de embarazar a su mujer (Apitzsch, 2006, carta 11, 05/01/1904). Al contrario de los relatos anteriores, no se describe ninguna relación sexual de manera detallada pero se puede deducir de las dos operaciones del recto mencionadas y de una anécdota en que un soldado lo sodomiza que hay una preferencia por las relaciones anales. Los tres relatos de invertidos de los cuales acabamos de dar cuenta muestran varios tipos de subjetivaciones homosexuales enmarcadas e influidas por un discurso científico incipiente sobre inversión que se retroalimenta con testimonios de homosexuales. Marcados directa u indirectamente por las teorías sobre la inversión y las conceptualizaciones de un tercer sexo, revelan un vaivén fluctuante entre los polos masculino y femenino dominantes. El caso del aristócrata italiano es el más ambiguo ; presenta una identificación movediza entre el deseo de ser mujer y el de asumirse como hombre. En el caso de Arthur, “la Condesa”, la identificación, fuertemente vinculada con el polo femenino, se concreta mediante un travestimiento en mujer. En cuanto al aristócrata alemán, su identificación con el polo masculino se construye despreciando a los homosexuales afeminados y travestis. Como ya señalamos, estos relatos, de los cuales dos articulan una elaboración retórica que podríamos calificar de literaria , no podían alcanzar visibilidad pública sino insertados en tratados de medicina o de criminología. El campo literario francés no estaba todavía preparado para la publicación de autobiografías de homosexuales. Habrá que esperar el año1926 para ver publicada la primera autobiografía de un escritor homosexual, Si le grain ne meurt (Si la semilla no muere) de André Gide, que habla directamente de su revelación homoerótica. La segunda autobiografía de esta índole que se publica en Francia, en 1949, es la de Jean Genet, Journal du voleur (Diario del ladrón) y el hecho de que el autor se asuma abiertamente como loca y pasivo provoca cierto escándalo. Estas autobiografías revelan dos figuras del homosexual masculino : el hombre decente y viril cuyo modelo homoerótico se inspira en los códigos de la pederastia de la Grecia antigua (André Gide) y la figura de la loca o del invertido (Jean Genet) cuyo modelo identitario proviene de las teorías sobre el tercer sexo en las que se inspiró por ejemplo el escritor Marcel Proust para poner en escena, en varias de sus novelas, al personaje de Charlus, prototipo del invertido afeminado. Es sabido que el grupo artístico y literario mexicano de Los Contemporáneos leía a los escritores homosexuales franceses cuya obra abordaba explícitamente las relaciones homoeróticas (Jean Lorrain, Marcel Proust, André Gide, Jean Cocteau). Posiblemente hayan contribuido estos autores al impulso autobiográfico de Salvador Novo. Escrita en 1945, La estatua de sal no se inscribe inmediatamente en el campo literario mexicano, sólo se publica oficial y anacrónicamente en 1998. Tuvo, como se sabe, difusión marginal y parcial en los Cuardenos del Frente Homosexual de Acción revolucionaria en 1979 y 1980 . Carlos Monsiváis en “Un mundo soslayado” [1998], prefacio de la novela de Novo, intenta explicar por qué se pospuso tanto tiempo la publicación :

Por razones muy atendibles (atizar el desprestigio es incurrir en riesgos múltiples), la idea de confesarse en público ante un horizonte de lectores conocidos y desconocidos es en principio vivir ante sí mismo la absoluta desnudez anímica. El proyecto del libro se abandona, y al hacerlo, Novo, muy posiblemente, renuncia a su prosa más viva y personal. (Monsiváis, 2008 : 68)

La advertencia en la edición del Fondo de Cultura Económica (2008) da otra explicación : “Durante veinte años [de 1954 a 1974] la edición de estas memorias íntimas se fue aplazando […] por la posibilidad de que el escritor las continuara.” (Novo, 2008 : 10). La razón que me parece más plausible es que en la década de 1940, en plena institucionalización del poder revolucionario y valoración de una mexicanidad nacionalista y heteronormada, el campo literario mexicano, por una parte, no estaba listo para publicar, por “contrarrevolucionarias”, obras de escritores homosexuales que revelaban, como lo hace Salvador Novo, una red extensa de relaciones homoeróticas donde se hallan implicadas todas las categorías sociales (chóferes, policías, soldados, políticos, secretarios, estudiantes, etc.), y, por otra parte, un escritor con cargos oficiales sólo hubiera podido inscribir su obra en las letras mexicanas marginándose socialmente y sacrificando su carrera política, cosa a la que Novo no parecía estar dispuesto. Esto nos condena a valorar la aportación de Salvador Novo fuera del contexto de recepción para el que inicialmente podía haber estado ideado y nos obliga a leer La estatua de sal, en tanto presentación y concepción del cuerpo homosexual, como archivo. Un archivo sumamente interesante por su elaboración como proyecto literario y revelación de “un mundo soslayado” en las primeras décadas del siglo XX. Interesante porque propone, avant la lettre, una concepción queer del cuerpo homosexual como lo veremos más adelante. También puede considerarse la autobiografía de Elías Nandino, Juntando mis pasos, palimpsesto, por no decir “plagio”, de Elías Nandino : Una vida no/velada que el poeta desautorizó, como archivo de una concepción del cuerpo homosexual y de la homosexualidad influidos por las teorías sobre el tercer sexo y por las aportaciones de Freud que, en los años 1980 y 2000, ya habían caducado. Contrariamente a Salvador Novo, Elías Nandino no parece concebir su autobiografía como proyecto literario sino como testimonio “militante” (en Elías Nandino : una vida no/velada) o, de manera más neutra, como una confesión para difundir en la sociedad unos conocimientos médicos y personales acerca, se deduce, de la homosexualidad (en Juntando mis pasos) :

Elías Nandino : una vida no/velada :

Quiero que estas confesiones ayuden a que dentro de la sociedad la gente tenga libertades ; que pueda vivir y ser como piense es mejor, sin tener que simular para evitar el juicio de los demás, como muchas personas con quienes tuve trato amistoso o médico Esta serie de cosas raras, y a veces hasta fatales, que la hipocresía va creando […] es mejor que se terminen, y a eso quiero contribuir a través de mi historia. (Aguilar, 1986 : 16)

Juntando mis pasos :

Al escribir esta biografía no me lleva ninguna intención publicitaria o cínica. Si la hago es obligado por todos los conocimientos que obtuve en mi carrera médica y en mi vida, gozada y sufrida principalmente en la ciudad de México. (Nandino, 2000 : XV)

La confesión testimonial de Nandino es la de un homosexual que se formó en periodo revolucionario y cuya concepción de la homosexualidad está impregnada de ciertos rasgos que en el 2000 podían leerse, si no como muestra de una especie de homofobia internalizada, por lo menos como ecos de una moral religiosa y de una visión naturalizante de la sexualidad contra las que estaban luchando los movimientos de liberación homosexual de los años 1970 y 1980 -y a los que en ningún momento alude el poeta- :

Los dos llegamos a entender [Elías Nandino y un amante ] que el amor homosexual tiene sus límites, que hay un momento en que ya no puede existir, que por ley natural el hombre busca el apoyo moral de la esposa y el amor indescifrable de los hijos. (Nandino, 2000 : 158)

La inscripción en el campo literario mexicano de las dos autobiografías de Elías Nandino, que pretenden explicar, a partir de una guía de interpretación católico-freudiana, lo que es la homosexualidad, cuando la literatura y la ensayística con temática gay, a través de representantes tan contemporáneos e innovadores como Luis Zapata (El vampiro de la colonia Roma, 1979 ; Melodrama, 1983), José Joaquín Blanco (“Ojos que da pánico soñar”, 1979, Las púberes canéforas, 1984), José Rafael Calva (Utopía gay, 1983), Jorge López Páez (“Doña Herlinda y su hijo”, 1984), por ejemplo, ya habían abandonado ese tipo de explicación, es obviamente anacrónica. La homosexualidad, como bien señalaba José Joaquín Blanco en 1979, ya no tenía esencia sino historia y es en tanto documento histórico cómo ha de considerarse y vamos a considerar el texto de Elías Nandino.

II. Revelar : el comercio de los cuerpos en México en tiempos de los Contemporáneos

La sexualidad, el placer que procura el propio cuerpo y el cuerpo del otro, es un eje centrípeto que rige la vida personal, social y artística de Salvador Novo y de Elías Nandino ; es incluso el elemento que da origen a la elaboración de las autobiografías. Como en los relatos de invertidos europeos, los textos de ambos autores toman la forma, desde las primeras páginas, de una “biografía sexual” :

De esa época [cuando Novo tenía entre 5 y 6 años] datan mis primeros recuerdos sexuales. […] Había en casa un mocito, de nombre Samuel, con quien me ponía a jugar. […] Cuando jugaba con aquel chico, yo proponía que el juego consistiera en que fuéramos madre e hijo, y él entonces tenía que chupar mi seno derecho con sus labios duros y su lengua erecta. Aquella caricia me llenaba de un extraño placer, que no volví a encontrar sino cuando muchos años más tarde, al sucumbir a la exclusividad de su tumescencia, retrajo a mi recuerdo aquella primera y quizá definitiva experiencia, que a toda la distancia de su adquisición como forma predilecta de mi libido adulta, puede haber sido el trauma original que la explique. (Novo, 2008 : 78)

Mi grupito de amigos y yo escogimos un lugar muy escondido, donde platicábamos, comíamos tamarindo con sal y muchas veces, nos medíamos los pipís para ver quién lo tenía más grande. Al mayor de todos le gustaba chuparnos el pipí. (Nandino, 2000 : 4) Lencho permanecía en una esquina, viéndonos nadar y flotando en el agua. Cuando yo llegaba a su lado, me pellizcaba los muslos. A mí me gustaba que lo hiciera, y cada vuelta subía más la mano hasta que me acariciaba el pipí. Eso se repitió muchas veces hasta que, bien lo recuerdo, se enderezó mi pipí y entonces, ya intencionalmente, su manota me lo agarraba. […] En el camino, a pesar de mi prisa, recordaba lo que me hacía Lencho y me desconcertaba con gusto y con cierto miedo. (Nandino, 2000 : 13)

Estos extractos, sacados de las primeras páginas, ya marcan una clara diferencia entre ambos autores. Salvador Novo, con la vestidura discursiva del psicoanálisis freudiano, para retomar una expresión del crítico Héctor Domínguez (2001), identifica una de las primeras fuentes de su libido en la zona erógena del seno que califica, presa del discurso interpretativo freudiano, de “trauma”. En el juego con su amiguito queda clara la identificación desenfadada y gozosa con el polo femenino, tanto más gozosa que le permite desdoblarse y verse/sentirse gozar con su propio cuerpo : él es la madre que goza y da placer a Samuel, figura especular y narcisista de sí mismo. Veremos cómo la sexualidad de Novo representa una verdadera trasgresión y subversión frente a los códigos de la masculinidad en vigor. Elías Nandino, que afirma haber iniciado a los Contemporáneos al psicoanálisis , centra su libido en el pene y en los juegos viriles (“medirse el pipí”), dejando claro que su despertar sexual, aunque homoérotico, está en conformidad con los códigos de la masculinidad. Veremos cómo todo lo que se aleja de dichos códigos provoca en él una especie de pánico y rechazo visceral.

Salvador Novo : si me caliento me introduzco el dedo (Soneto XI, Sátiras, 1955)

La elección del ano, contra la predominancia masculina del pene, como fuente de placer y marca de inversión sexual, parece ser inducida, de manera graciosa, “literaria” y algo delirante, desde la infancia, por la madre, en una iniciación anatómica peculiar. Cuenta el autor :

Una tarde, [el profesor particular] se decidió a acariciarme, y llevó su mano a mi bragueta. Con gran cautela, me preguntó cómo se llamaba aquello. Yo le respondí que el ano, porque ése era el nombre que mi madre me había enseñado a darle al pene. Como no pareció conforme con aquella alteración de la nomenclatura anatómica, por la noche traté de certificarla con mi madre, y le referí la enseñanza del profesor. Es bastante posible que su discrepancia haya provocado su despido. (Novo, 2008 : 84)

La autobiografía es, como se sabe, una reconstrucción, una reorganización del pasado a partir del presente. Consiste en recurrir a la memoria para justificar o explicar rasgos identitarios de la vida adulta. No es casual que Novo le dé particular énfasis a las anécdotas vinculadas con las zonas erógenas predilectas en la satisfacción sexual (pecho, boca, ano). Para Salvador Novo, el pene y su función eyaculatoria no fueron determinantes en el descubrimiento de su sexualidad. Dice :

Mi primera eyaculación no ocurrió así por los frotamientos habituales del autoerotismo, sino en condiciones peculiares de angustia, sin erección ni tumescencia, cuando una vez me hallaba a punto de abordar un tranvía para regresar a casa, y no pude, por más que corrí, alcanzarlo. Un complejo de ansiedad, de prisa, de desesperación casi, se apoderó de mí, puso en extraña tensión mis muslos, que oprimían mis testículos, y provocó una descarga eléctrica, húmeda, que no relacioné para nada con mis ensoñaciones sexuales frente a las láminas de la fisiología del matrimonio. (Novo : 2008 : 108)

El hecho de que el pene no cumpla con las funciones que la ciencia sexual le asigna (erección vinculada al deseo, eyaculación orgásmica), en una sociedad falocentrada, constituye una trasgresión a la normalidad y sitúa a quien experimenta dicha anormalidad en el campo de la patología. En el caso de Salvador Novo, siguiendo su interpretación, la patología es doble : la eyaculación se produce sin erección y no está motivada por el sexo femenino. Atrapado en un discurso heteronormado todopoderoso, al cual de cierta forma contribuye una interpretación particular de las teorías freudianas, le es inconcebible pensar que sus primeras manifestaciones sexuales homo-orientadas puedan constituir una alternativa normal. Menciona, por ejemplo, dos circunstancias de encuentro con el sexo opuesto que podían haber “orientado ortodoxamente el cauce” de su “libido en desarrollo” (Novo, 2008 : 108-109). La homosexualidad está percibida como una desviación de la norma, un incidente en el desarrollo de la libido, provocados por una historia familiar anormal donde el padre fracasa en la lucha por la conquista del hijo : ¿Serviría hoy de otra cosa que de un inútil y tardío desagravio a su memoria pensar en cómo pudo de otra manera realizarse mi vida, si en la lucha por mí hubiera triunfado mi padre ? (Novo : 2008 : 114), se pregunta Salvado Novo, imaginándose rodeado por sus hijos virtuales y dueño del despacho paterno cuyo rótulo marcaría una filiación perfecta “Andrés Novo e hijo”. El padre acaba por convertirse en una figura “encorvada, derrotada, débil y triste” (Novo, 2008 : 113), una figura que “estorbaba, se hallaba fuera de lugar, sobraba” (Novo, 2008 : 113). Frente al fracaso del padre, en parte responsable de la inversión sexual del hijo, Novo parece optar por exhibir/desinhibir lo que socialmente hace de él un ser anormal pero sexualmente satisfecho. En su autobiografía no duda en describir directamente, con el tono humorístico y sarcástico que caracteriza su escritura, a veces incluso de manera hiperbólica, los encuentros en los que el coito anal ocupa un lugar central y lúdico :

Al sentirme penetrado en un acto que imaginaba equivalente a la desfloración […] pero que en la realidad de mi carne, guardaba apenas una molesta semejanza con la introducción de las cánulas para enemas a que me sometían en casa cuando enfermaba. Y ni vi, ni toqué su pene. (Novo, 2008 : 111)

Uno de estos señores era el diputado Ignacio Moctezuma. Vivía en el hotel Iturbide y tenía por amante a un muchacho deportista de origen alemán, Augusto Fink, cuya verga descomunal sólo Nacho Moctezuma podía jactarse de admitir. (Novo, 2008 : 165)

Su fealdad me fue tan inmediatamente repulsiva como su incongruente descaro. Le pregunté si le gustaba no sé ya qué poeta ; y “Lo que a mí me gusta es que me penetren duro” – dijo con su belfo grueso y amoratado. (Novo, 2008 : 167)

[…] me encerró una tarde con un tipo que acababa de hacer estallar una bomba en la embajada norteamericana : feo, pero dueño de una herramienta tan descomunal que no era fácil hallarle acomodo. La Golondrina me retó, y acepté su desafío. Acompañada por curiosos testigos, me encerró con el anarquista, se alejó, volvió al rato, asomó la aquilina cabeza y preguntó : “¿Ya ?” “Ya”. “¿Toda ?” “Sí.” Y dirigiéndose a los testigos que lo acompañaban, con solemne entonación de Papa Habemus, proclamó : ¡Toda ! (Novo, 2008 : 170)

[…] la verga de Agustín Fink, positivamente igual en diámetro a una lata de salmón. Consciente de su gigantismo, la introducía cautelosamente dormida y bien forrada del lubricante […] la vaselina. Pero una vez adentro, se abría como un paraguas, estrellaba la estrechez de su cautiverio. (Novo, 2008 : 182)

La valoración y exhibición textual del ano como zona erógena, cuando la ciencia y el imaginario colectivo lo limitan exclusivamente a la expulsión fecal, no deja de ser una postura altamente provocadora y transgresiva de parte de Salvador Novo en los años 1940 . Y es con una especie de placer jubiloso y orgulloso como parece mostrar y reivindicar una sexualidad estigmatizada que le procura un doble placer : el placer de la carne y el placer de revelar física y discursivamente lo que socialmente debería ocultarse. La exhibición de su inversión sexual, caracterizada por un fuerte afeminamiento e identificación con imágenes femeninas – cuenta que en varias ocasiones le hubiera gustado ser una mujer para poder besar y acariciar los cuerpos varoniles de sus actores favoritos- recuerda la argumentación desarrollada por el aristócrata italiano de la cual dimos cuenta en la primera parte de este artículo. En el caso de Novo, como en el caso del aristócrata italiano, la única manera de poner en adecuación su deseo hacia los cuerpos masculinos y ejercer en ellos una seducción, en aquella sociedad tan rígidamente marcada por asignaciones genéricas incuestionables, es adoptando las marcas del género opuesto : “Coqueteaba con los hombres como si él fuera una mujer, y nosotros éramos discretos”, cuenta Elías Nandino en Juntando mis pasos (2000 : 60). Pero Novo no lleva su afeminamiento hasta lo que hoy llamaríamos transgeneridad. El afeminamiento de Novo (cejas depiladas, maquillaje, uso de pelucas, gestos amanerados) rompe con la coherencia que la sociedad de principios del siglo XX espera de un cuerpo alto, ancho y varonil. El cuerpo de Novo es un texto orgánico que se escabulle, que se burla incluso, de los códigos de la masculinidad, que provoca un extrañamiento y una desestabilización social pero que no puede inscribirse, hacerse visible, en la década de 1940, en el campo literario mexicano . El cuerpo de Novo se limita a ser un texto socialmente Queer avant la lettre que infunde una especie de pánico repulsivo, incluso en escritores y amigos como Elías Nandino : “[…] Se valía de su cuerpo y de su fama para cierto cinismo exagerado. Su afeminamiento era un poquito ridículo, como si un elefante quisiera hacer jotería” (Nandino, 2000 : 74) ; “[…] al conocer a Xavier Villaurrutia, a Salvador Novo y a Carlos Pellicer, conseguí mi prestigio y desprestigio, porque ya socialmente ellos estaban señalados como homosexuales” (Nandino, 2000 : XVI). Cuerpos afeminados en busca de cuerpos fuertemente masculinos pueblan las páginas de La estatua de sal. Un comercio dinámico, incesante, orgiástico, abundante de cuerpos ávidos de placer sexual, una red urbana de hombres que seducen a hombres, que cogen con hombres, cualquiera que sea su clase social, espacios sociales que funcionan como heterotopías del deseo homoerótico (calles, cantinas, salones de baile, cines, cuartos de servicio, casas burguesas, etc.) es lo que describe de manera alucinante la autobiografía de Novo. Un mundo “soslayado” tan extenso que uno acaba preguntándose cómo es posible que la heterosexualidad sea la norma dominante cuando lo que parece mover a los hombres es el deseo homosexual. La estatua de sal revela, en el sentido fotográfico de la palabra, la imagen en negativo que oculta el discurso heteronormado dominante. Según Héctor Domínguez, “la escritura se concibe como un desafío, un espacio en el que el sujeto se exhibe y con ello expone la ley que ha impuesto su abyección” (Domínguez, 2001 : 139). Novo muestra también cómo el mundo socialmente ordenado, regido por una heterosexualidad coercitiva, produce en cierto modo una especie de resistencia, que podríamos calificar de pasiva, al discurso dominante. Y esta resistencia, revelada por la escritura, establece “una seducción en los términos en que de Baudrillard los entiende : someter el discurso de la ley al discurso de las apariencias, destruir los valores de verdad y establecer los del juego de los signos, la ejecución del discurso de la vestidura” (Domínguez, 2001 : 144). El lector descubre cómo “los estudios” de los alcahuetes afeminados (La madre Maza, La Golondrina, Chucha Cojines, etc.) se convierten en espacio de sociabilidad homoerótica y de comercio sexual :

[…] En aquellos “estudios” conocí a casi toda la fauna de la época : al padre Vallejo Macouzet, llamado Sor Demonio, […] famoso por la clientela de cadetes que le visitaban en su iglesia de Santo Domingo ; al padre Garbuno […], al licenciado Marmolejo […] que sacaba de un cajón […] la almohada que echaba al suelo para acostarse con los muchachos y eructar sobre ellos ; y a la Diosa de Agua, anticuario, casado, con hijos grandes y nietos numerosos, pero persuadido de que sus conquistas se enamoraban locamente de él.

Por ahí andaba, caza de clientela o de surtido, La Madre Maza – que nunca se acostaba con la mercancía que procuraba para sus compradores, supervivientes refinados del porfirismo. Abordaba a los muchachos […] y una vez en su cuarto, tomaba con una cinta métrica la medida de su verga, y les abría las puertas de una circulación perentoria, pero inmediatamente lucrativa, entre sus contados y ricos clientes. (Novo, 2008, 162-163)

Los homosexuales decentes (militares, sacerdotes, diputados, embajadores, licenciados, maestros, artistas, bomberos, etc.), cuyos nombres Novo no duda en revelar (Jaime Torres Bodet, escritor y futuro Secretario de Educación Pública ; Bernardo Ortiz de Montellano, poeta ; Genaro Estrada, Ministro y Embajador de México que tuvo que casarse para salvar las apariencias) optan por la máscara de una heterosexualidad o virilidad superficial para tener la fiesta en paz y recurren a las redes de alcahuetes para comprar los cuerpos masculinos tan deseados. En la Estatua de sal, el comercio homosexual de los cuerpos parece darse en una especie de armonía social, en complicidad con las instancias del poder político y judicial, incluso religioso, que participan activamente en su realización. Ninguna mención de redadas policiales, ninguna detención, y aunque se evoque de vez en cuando las reacciones de repulsión social, esto no impide una vida homosexual intensa. La estatua de sal podría leerse finalmente como el lugar textual y fantaseado de una utopía (homo)sexual.

Elías Nandino : “Yo pertenezco netamente al sexo intermedio, con preponderancia al masculinismo”

La autobiografía de Elías Nandino conjuga una observación clínica de la homosexualidad, y en particular de la suya, y una transfiguración poética de los encuentros con el cuerpo varonil de sus amantes. Escrita cuando el poeta tiene más de 80 años, abarca un periodo que se extiende de los años 1900 a 1980. De cierto modo se puede leer a la vez como complemento de la autobiografía de Salvador Novo. También como contrapunto a la imagen afeminada presentada en La estatua de sal. Por otra parte, Elías Nandino se extiende mucho más que Salvador Novo en las prácticas homoeróticas en medio rural (su infancia y su iniciación sexual ocurrieron en el pueblo jalisciense de Cocula). Como ya señalamos, el pene va a ser la zona erógena predilecta del joven Elías. En su recuerdo algo confuso, el descubrimiento infantil de la masturbación parece haber sido inducido por su amiguito Lencho (Nandino, 2000 : 12-14) y el gusto precoz y predominante por la penetración, lo descubre y lo ejerce con los animales domésticos que están a su alcance (chivas y gallinas). Cuenta, de manera muy divertida, cómo una gallina, a la que estaba penetrando, se le murió en las manos y cómo una chiva, de la que se enamoró y con la que tenía relaciones sexuales, le fue servida en birria cuando su padre se enteró del asunto. La valoración del pene parece construirse contra una imagen dolorosa y angustiante vinculada al ano. Las primeras palizas del padre provocan un dolor acompañado de una expulsión fecal : “Mi padre […] se acabó la tabla golpeándome la espalda. Yo pegué de gritos, me revolqué y me batí en mis propias heces por los dolores” (Nandino, 200 : 21) ; “[…] mi padre empezó a pegarme con la cuarta del caballo y a darme de patadas […].Yo gritaba y lloraba fuerte y como de costumbre defequé en mi cuerpo.” (Nandino, 2000 : 23). En varias ocasiones describe de manera clínica, y algo delirante, los incidentes vinculados al uso del ano como zona erógena : “En los exámenes clínicos me fui dando cuenta de todos los peligros al ejercer los deleites practicando con los órganos funciones diferentes a las que están destinados.” (Nandino, 2000 : XVI). Marcado por el discurso biologizante dominante y a pesar de una lectura atenta de las teorías sobre sexualidad de Freud , el doctor Nandino parece no poder concebir que el ano, asociado en su recuerdo con situaciones de dolor, pueda servir a otra cosa que a defecar. Están en su memoria las sensaciones desagradables cuando los sacerdotes le “succionaban” el ano (Nandino, 2000 : 39), la imagen de un sastre que quiso violarlo (“Me sacó su cosa, que era enorme, e intentó voltearme. Sentí horror, asco. […] Desde entonces nunca me gustó ocupar el lugar pasivo” (Aguilar, 1986 : 34)) y algunos intentos de relación pasiva que provocaron hemorragia. Como Salvador Novo, Elías Nandino intenta dar una explicación etiológica a su homosexualidad bajo el prisma freudiano (una madre a quien ama con fugacidad y un padre excesivamente autoritario pero ausente ) aunque a veces parece convencido de que es innata (“Nadie sabe el conjunto de dificultades que tiene un hombre que nació marcado con ese destino que es incurable. [la cursiva es mía]” (Nandino, 2000 : 56) o “Mi homosexualidad es auténtica ; nací con ella en mis huesos y en mi carne” (Nandino, 2000 : 57)). Un constante vaivén entre una explicación psicoanalítica que plantea la homosexualidad como resultado de un fracaso en la educación parental, y unas concepciones decimonónicas sobre inversión sexual, tercer sexo y degeneración. La autobiografía revela paralelamente, y como documento histórico me parece muy interesente, las prácticas homoeróticas que se daban en los pueblos a principios del siglo XX. Caricias, besos, masturbaciones entre los alumnos y una iniciación sexual forzada a cargo de unos sacerdotes, bien surtidos en cuerpos adolescentes, que más bien parecen avatares iconoclastas de los antiguos pederastas griegos :

[…] me fijaba en los mancebos que andaban con los sacerdotes, para ir a lo seguro. Fue así cómo yo tenía mi harén particular en los pesebres de los corrales adyacentes a una huerta de mi padre. […] Estoy seguro que esos padres violaron más mancebos que mujeres. Pedro Zamora, el sanguinario cabecilla que operaba desde Sayula hasta Autlán en sus constantes correrías. Naturalmente, aquéllos están sepultados como santos en el interior de la iglesia. (Nandino, 2000 : 40)

Frente a una sexualidad conflictiva y socialmente abyecta, llena de remordimientos y angustias, Nandino expone, al contrario de Novo, un cuerpo homosexual virilizado y sobre todo invisible -“discreto” como dice él mismo-, para una clase media decente. La resemantización de su homosexualidad como orientación sexual dignificada, la va a escribir/inscribir en los cuerpos mismos de los amantes. “Procuré que cada acto sexual fuera la semilla de la que germinara un poema” (Aguilar, 1986 : 15), dice. El cuerpo del amante se convierte en una especie de página orgánica en la que Nandino proyecta una doble fantasía : la de un Pigmalión que “trabaja”, “pule”, “educa”, “viste” la belleza del efebo y le da “ritmo como lo hacía con un poema” (Nandino, 2000 : 158 ; 178) y la un padre ideal que satisface una paternidad “trunca” e incestuosa. En Juntando mis pasos, Nandino recurre a nombres altamente significativos para recordar a los amantes más importantes. Varios capítulos llevan el nombre del efebo evocado : Orfeo, Alcibíades, Apolo, Hermes, Patroclo, Ulises. Héroes viriles, guerreros de una Grecia mitificada que revelan lateralmente un complejo de inferioridad socio-sexual contra el que el poeta parece luchar, recurriendo a un intertexto cultural elitista, como si paralelamente quisiera superar un complejo literario : “Realmente yo no pertenecí al grupo de los “Contemporáneos” porque desde un principio me marginaron, pensaron que yo era un diletante, que mi vocación poética sólo era entusiasmo. […] Siempre me mostraron un desinterés y una débil crítica” (Nandino, 2000 : 63). Cuando se trata de describir al amante en tanto objeto sexual, éste se transfigura en un hijo erotizado con el que Nandino satisface sus pulsiones incestuosas :

Los amé no solamente como amantes, sino como hijos y, más, con la horrible y maravillosa sensación de que cometía incesto”. (Nandino, 2000 : 159)

Poco a poco, del beso puro pasaría al beso lenguado, hasta que llegara el momento en que pudiera sentir el placer de cometer un incesto, de violarlo saboreando el deleite del remordimiento. El homosexualismo tiene como aliciente saber que hacemos lo prohibido, y si a lo prohibido añadimos el incesto, es como juntar el cielo y el infierno”. (Nandino, 2000 : 179)

Los dos fragmentos citados acarrean ingredientes para una lectura interpretativa en clave psicoanalítica, sobre todo si los relacionamos con la imagen de aquel padre autoritario, cruel, figura de la Ley coercitiva que prohíbe al hijo identificarse con la madre (rechazo de lo afeminado) y lo castiga violentamente cuando se aparta de las normas en vigor, condenándolo a ser una figura especular de la autoridad paterna en sus actos sexuales. Me parece más pertinente apuntar lo que socialmente revelan del cuerpo homosexual tal y como parecen concebirlo ciertos homosexuales mexicanos en la primera mitad del siglo XX : un cuerpo marcado por la abyección a la que lo condena un discurso dominante que le reprocha el no responder a los imperativos genésicos pero que, al mismo tiempo, le prohíbe la reproducción ; un cuerpo socialmente dócil que goza maravillosamente de una sexualidad alternativa pero que, al haber internalizado las reglas dictadas por el discurso nacionalista , no consigue la coherencia que se espera de él. Si la Estatua de sal puede leerse como el lugar textual y fantaseado de una utopía homosexual donde circulan libremente los cuerpos en busca de sexo, Juntando mis pasos, al contrario, multiplica los signos de una distopía homosexual : chantaje, golpes, remordimientos, angustias, frustraciones, reacciones sociales injuriosas, lucha permanente para conseguir cierta tranquilidad. Nandino nos presenta una sociedad hipócrita y despiadada en la que la vida de un homosexual, relegada en los sótanos clandestinos de la vida social, para retomar una expresión de José Joaquín Blanco (1979), puede convertirse en un infierno.

Consideraciones finales

“Es innegable”, dice Antonio Marquet, “que La estatua de sal saca al discurso homosexual del terreno médico […] aunque Novo habla con la ayuda de términos que le proporcionan ese discurso” (Marquet, 2001 : 47, nota 4). Efectivamente, la difusión del discurso homosexual producido por homosexuales fue en un primer momento, como lo vimos en la primera parte, incitada por el propio discurso médico . Incluso se puede decir que permitió, sin proponérselo, la “liberación” de la palabra homosexual y su consiguiente elaboración literaria. Novo elabora su obra desde la trasgresión que supone ser un ciudadano sin lugar en la sociedad. Exhibe e impone su cuerpo estigmatizado como si fuera un texto orgánico que Beatriz Preciado calificaría de “contra-sexual”. Saca, como señala Antonio Marquet, al discurso homosexual del discurso médico pero le es imposible sacarlo del closet literario en los años 1940. Elías Nandino parece hacer lo contrario. Ubica al cuerpo homosexual dentro del discurso médico y lo hace invisible socialmente. Cuando lo saca del closet literario, en una especie de postura militante, su percepción de la homosexualidad, marcada por consideraciones decimonónicas sobre inversión sexual e impregnada de una lectura psicoanalítica conservadora , no puede contribuir ni a un conocimiento científico del deseo homosexual ni a su reconocimiento social. Ya está en marcha, desde finales de los años 1970, un movimiento de liberación gay radical que empieza a cuestionar los fundamentos de la heterosexualidad como norma exclusiva. Si es cierto lo que afirma Carlos Monsiváis, en el prefacio a La estatua de sal, “Según las clasificaciones rígidas, hasta fechas recientes sólo se localizan en México dos tipos de homosexuales : el joto de tortería o de burdel y el maricón de sociedad. Los demás resultan sombras huidizas.” (Novo, 2008:32), entonces las autobiografías de Novo y Nandino rescatan, dándoles cuerpos y rostros, esas sombras que hubieran desaparecido de la historia de la homosexualidad en tiempos de los Contemporáneos.

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